CONSTITUCIÓN  2  
La Misión

9  Tanto amó Dios al mundo, que envió a su único Hijo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. En la plenitud de los tiempos, el Señor Jesús vino a nosotros, ungido por el Espíritu, a inaugurar un reino de justicia, amor y paz. Su reinado no había de ser un mero régimen terreno: debía iniciar una nueva creación en todas las naciones. Su poder se ejercería en el interior, y en el exterior, rescatándonos tanto de la justicia que sufrimos como de la injusticia que inflijimos.

10  Muchos no han entendido esta buena nueva y muchos la han rechazado. El Señor Jesús fue crucificado. Pero el Padre lo resucitó a la gloria, y Cristo infundió su Espíritu a su pueblo, la Iglesia. Muriendo y resucitando con El en el bautismo, sus seguidores son enviados a continuar su misión, para apresurar la venida del reino.

11  El mismo Espíritu movió al Padre Moreau a fundar la comunidad de Santa Cruz, y en ella hemos respondido al llamado a servir a Cristo. Sacerdotes y hermanos vivimos y trabajamos unidos. Nuestro mutuo respeto y los trabajos compartidos debieran ser un signo esperanzador del reino, y lo son cuando los demás pueden ser testigos del amor que nos tenemos los unos a los otros.

12  Como discípulos de Jesús somos solidarios con todos. Como ellos, estamos agobiados por las mismas luchas, estamos acosados por las mismas flaquezas; como ellos, somos renovados por el mismo amor del Señor; como ellos, esperamos un mundo donde prevalezcan la justicia y el amor. Así donde quiera que la Congregación a través de sus superiores nos envíe, vamos como educadores de la fe a aquellos cuya suerte compartimos. En todo lugar brindamos a los hombres y mujeres de buena voluntad habitados por la gracia, nuestro apoyo a sus esfuerzos por construir las comunidades del reino venidero.

13  Cristo fue ungido para traer la buena nueva a los pobres, liberar a los cautivos, dar vista a los ciegos y sanar los corazones heridos. Nuestro esfuerzos, que son los del Señor, se dirigen a los afligidos y, de una manera preferente, a los pobres y oprimidos, a quienes venimos no sólo como servidores, sino también como sus prójimos, para estar con ellos y ser de ellos. No se trata de que tomemos partido contra enemigos pecadores; ante el Señor somos todos pecadores y nadie es un enemigo. Estamos junto a los pobres y afligidos porque sólo desde ese lugar podemos llamar, como lo hizo Jesús, a la conversión y liberación de todos.

14  La misión no es simple, porque las pobrezas que queremos aliviar no son simples. Existen redes de privilegios, de prejuicios y de poder tan comunes, que a menudo ni víctimas ni opresores están conscientes de ellas. Debemos estar conscientes y esforzarnos por comprender, por la vía de acompañar a los oprimidos y por un paciente aprendizaje. Para que el reino llegue a este mundo, los discípulos deben tener habilidad para ver y  valorar para actuar.

15  Nuestra preocupación por la dignidad de cada creatura como hijo amado de Dios, dirige nuestra solicitud hacia las víctimas de todos los sufrimientos: prejuicios, hambre, guerra, ignorancia, infidelidad, abusos y catástrofes naturales.

16  Para muchos de nosotros en Santa Cruz, la misión se expresa en la educación de la juventud en los diferentes niveles escolares: básico, medio y universitario. Otros realizan su misión de educadores en las parroquias y otras formas de apostolado. Dondequiera que trabajemos, ayudamos a los demás no solamente a reconocer y desarrollar sus propios dones, sino también a reconocer las aspiraciones más profundas de su vida. Aquí, como en toda actividad propia de nuestra misión, descubrimos cuánto tenemos que aprender de aquéllos a quienes tenemos que enseñar.

17  Nuestra misión nos lleva a través de fronteras de todo tipo. A menudo debemos adaptarnos a más de un pueblo o cultura, lo que de nuevo nos recuerda que mientras más entregamos más recibimos. Nuestra experiencia así ampliada nos permite tanto el aprecio como la crítica de cada cultura, y nos revela que ninguna cultura de este mundo puede constituir nuestro hogar permanente.

18 Todos estamos comprometidos en la misión: los que salen a trabajar y aquellos cuyas labores sostienen la comunidad misma; los que están en la plenitud de sus fuerzas y los impedidos por la enfermedad o la edad avanzada; los que habitan en la compañía de una comunidad local, y los que son enviados a vivir y trabajar solos; los que cumplen sus tareas en la vida activa, y los que están todavía en formación. Todos, como una sola fraternidad, estamos unidos en una respuesta común a la misión del Señor.

19  Periódicamente examinamos en qué medida nuestros ministerios concuerdan con nuestra misión. Debemos evaluar la calidad, formas y prioridades de nuestros compromisos, para ver cómo responden a las necesidades actuales de la Iglesia y del mundo.

20  Nuestra misión es la del Señor, como lo es la fuerza requerida para ella. Nos volvemos a El en la oración, para que nos una más firmemente a Sí mismo y use nuestras manos e ingenio para hacer el trabajo que sólo El puede realizar. Entonces nuestro trabajo mismo se hace oración: diálogo con el Señor que actúa a través de nosotros.