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Tanto amó Dios al mundo, que envió a su único Hijo para que
tengamos vida y la tengamos en abundancia. En la plenitud de los tiempos,
el Señor Jesús vino a nosotros, ungido por el Espíritu, a inaugurar
un reino de justicia, amor y paz. Su reinado no había de ser un mero régimen
terreno: debía iniciar una nueva creación en todas las naciones. Su
poder se ejercería en el interior, y en el exterior, rescatándonos
tanto de la justicia que sufrimos como de la injusticia que inflijimos.
10 Muchos no han entendido
esta buena nueva y muchos la han rechazado. El Señor Jesús fue
crucificado. Pero el Padre lo resucitó a la gloria, y Cristo infundió
su Espíritu a su pueblo, la Iglesia. Muriendo y resucitando con El en
el bautismo, sus seguidores son enviados a continuar su misión, para
apresurar la venida del reino.
11 El mismo Espíritu movió
al Padre Moreau a fundar la comunidad de Santa Cruz, y en ella hemos
respondido al llamado a servir a Cristo. Sacerdotes y hermanos vivimos y
trabajamos unidos. Nuestro mutuo respeto y los trabajos compartidos
debieran ser un signo esperanzador del reino, y lo son cuando los demás
pueden ser testigos del amor que nos tenemos los unos a los otros.
12 Como discípulos de Jesús
somos solidarios con todos. Como ellos, estamos agobiados por las mismas
luchas, estamos acosados por las mismas flaquezas; como ellos, somos
renovados por el mismo amor del Señor; como ellos, esperamos un mundo
donde prevalezcan la justicia y el amor. Así donde quiera que la
Congregación a través de sus superiores nos envíe, vamos como
educadores de la fe a aquellos cuya suerte compartimos. En todo lugar
brindamos a los hombres y mujeres de buena voluntad habitados por la
gracia, nuestro apoyo a sus esfuerzos por construir las comunidades del
reino venidero.
13 Cristo fue ungido para
traer la buena nueva a los pobres, liberar a los cautivos, dar vista a
los ciegos y sanar los corazones heridos. Nuestro esfuerzos, que son los
del Señor, se dirigen a los afligidos y, de una manera preferente, a
los pobres y oprimidos, a quienes venimos no sólo como servidores, sino
también como sus prójimos, para estar con ellos y ser de ellos. No se
trata de que tomemos partido contra enemigos pecadores; ante el Señor
somos todos pecadores y nadie es un enemigo. Estamos junto a los pobres
y afligidos porque sólo desde ese lugar podemos llamar, como lo hizo
Jesús, a la conversión y liberación de todos.
14 La misión no es simple,
porque las pobrezas que queremos aliviar no son simples. Existen redes
de privilegios, de prejuicios y de poder tan comunes, que a menudo ni víctimas
ni opresores están conscientes de ellas. Debemos estar conscientes y
esforzarnos por comprender, por la vía de acompañar a los oprimidos y
por un paciente aprendizaje. Para que el reino llegue a este mundo, los
discípulos deben tener habilidad para ver y
valorar para actuar.
15 Nuestra preocupación
por la dignidad de cada creatura como hijo amado de Dios, dirige nuestra
solicitud hacia las víctimas de todos los sufrimientos: prejuicios,
hambre, guerra, ignorancia, infidelidad, abusos y catástrofes naturales.
16 Para muchos de nosotros
en Santa Cruz, la misión se expresa en la educación de la juventud en
los diferentes niveles escolares: básico, medio y universitario. Otros
realizan su misión de educadores en las parroquias y otras formas de
apostolado. Dondequiera que trabajemos, ayudamos a los demás no
solamente a reconocer y desarrollar sus propios dones, sino también a
reconocer las aspiraciones más profundas de su vida. Aquí, como en
toda actividad propia de nuestra misión, descubrimos cuánto tenemos
que aprender de aquéllos a quienes tenemos que enseñar.
17 Nuestra misión nos
lleva a través de fronteras de todo tipo. A menudo debemos adaptarnos a
más de un pueblo o cultura, lo que de nuevo nos recuerda que mientras más
entregamos más recibimos. Nuestra experiencia así ampliada nos permite
tanto el aprecio como la crítica de cada cultura, y nos revela que
ninguna cultura de este mundo puede constituir nuestro hogar permanente.
18 Todos estamos comprometidos en la misión: los que salen a trabajar y
aquellos cuyas labores sostienen la comunidad misma; los que están en
la plenitud de sus fuerzas y los impedidos por la enfermedad o la edad
avanzada; los que habitan en la compañía de una comunidad local, y los
que son enviados a vivir y trabajar solos; los que cumplen sus tareas en
la vida activa, y los que están todavía en formación. Todos, como una
sola fraternidad, estamos unidos en una respuesta común a la misión
del Señor.
19 Periódicamente
examinamos en qué medida nuestros ministerios concuerdan con nuestra
misión. Debemos evaluar la calidad, formas y prioridades de nuestros
compromisos, para ver cómo responden a las necesidades actuales de la
Iglesia y del mundo.
20 Nuestra misión es la
del Señor, como lo es la fuerza requerida para ella. Nos volvemos a El
en la oración, para que nos una más firmemente a Sí mismo y use
nuestras manos e ingenio para hacer el trabajo que sólo El puede
realizar. Entonces nuestro trabajo mismo se hace oración: diálogo con
el Señor que actúa a través de nosotros.
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